Dos poemas de Margaret Randall

Traducción: María Vázquez Valdez

La esquina de Latinoamérica0707

La esquina de Latinoamérica
llaman al sitio
donde una cerca desgastada de metal oxidado
corta la arena blanca, luego desaparece
dentro del agua que no sabe
de fronteras.

Metal reciclado
de tanques y aviones de la era de Vietnam,
desdentado y sosteniendo la imagen improbable
del cacto y el esqueleto.
Pilones rotos, una división
que alguna vez fue: ¿qué? ¿Andrajosa, imponente,
hechiza o bravata absurda?

Esta esquina de Latinoamérica,
donde las líneas de un mapa
son traducidas a faros, armas,
cajas de camioneta pesadas con hombres encorvados y mujeres
atrapadas, devueltos a su punto de origen
sólo para intentarlo de nuevo mañana
o la próxima semana.

Esquina, como en el más alto y externo
punto en un mapa
alguna vez habitado por Keet Seel hacia el norte
y Casas Grandes hacia el sur.
No un lugar que reúne,
abraza, conforta o protege.

No refugio sino desprotección.
Peligro escrito en grande en el guión global.

A un lado de la cerca gastada
un hombre joven se levanta sobre sus brazos
ejercitándose sobre los pedazos torcidos
de una plataforma de cemento, que se desmenuza.
Una mujer y un niño
duermen a la sombra larga de la cerca.
Distante: la línea poderosa de San Diego en el horizonte
desaparece en la niebla.

La esquina de Latinoamérica
el control contra el no te queremos
excepto para cuidar a nuestros niños, limpiar
nuestros pisos, mantener altas nuestras ganancias.
un holograma, este lugar
vacío de sí mismo,
espera intranquilo el cambio.

En sueños y con tristeza
cabalgo sobre la cerca de esa esquina,
su metal oxidado corta la carne
de mis muslos.
La sangre corre hacia la arena,
luego desaparece
cuando la pleamar toma la playa.

No los Espíritus 0733

No los espíritus en su conjunto, comunidad,
aquellos que vivieron en este sitio
y murieron aquí
día tras día
hasta que después de meses, después de años,
la arquitectura breve del hueso
arraigó viva en la sucesión generacional.

No plural sino singular: una mujer
inclinada sobre el metate, empujando
contra la mano de piedra,
trabajando el grano
luego entregándoselo
a otra junto a ella
que con una piedra más llana
lo pulveriza
hasta que flotan las partículas.

O un hombre, colocando una fila
de piedras emparejadas,
instalando el dintel
encima del marco de la ventana,
uniendo el espacio de la pared del nicho,
ángulo a ángulo, la terraza a ese espacio
donde un niño pequeño
atisba el mundo
y se pregunta dónde termina.

No plural sino separado. Cada vida
mezclándose ahora con mis propios muertos:
el amado padre,
el poeta revolucionario
cuyos hermanos no le permitieron vivir,
el abuelo que tomó lo que no era suyo,
la chica de ojos redondos que cayó del cielo.
Arquitectos, cronistas
de tiempo y espacio
astutos o cariñosos.

Cocinera cuyas platillos
sustentan. Mujer
que lleva el dolor del amado
entre las costillas.
Pescador. Granjero. El que sana
lo que está fuera de lugar.

Dakini, Danzante del Cielo,
tú que vuelas llenando de aquí
para allá esta alba
con el sonido de relojes que caminan.
Jalándome hacia el norte, el sur
a través de desiertos, arriba al cañón
hasta el horizonte de la memoria
para luego descender la vertiginosa espiral
de mi miedo repelido.

Originales en inglés