Luis Feria: Seis querellas de amor

Abrimos, es casi inevitable, estos archivos de La Calle de la Costa, con las Seis Querellas de Amor de Luis Feria. Hace diez años que murió Don Luis Feria, uno de los grandes poetas españoles de la última mitad del siglo XX. Y en este décimo aniversario, el Cabildo de Tenerife ha montado un congreso internacional dedicado a su obra. Nada que no mereciese, aunque tarde, como siempre.

Tuvimos la oportunidad de conocer puntualmente a Luis Feria. Una conversación con Luis solía ser una fiesta para la inteligencia; tenía un humor corrosivo, en especial cuando hablaba de literatos (que no de literatura) aparentemente ilustres, y tenía una facilidad extraordinaria para hacerse querer y para hacerse odiar, según tocara.

Con nosotros, quienes estábamos en el proyecto editorial de La calle de la costa , Luis Feria se portó siempre con gran generosidad y cercanía, y tuvo el detallazo de dejarnos unos poemas para publicarlos en nuestra colección, tan amateur y tan escasita en recursos. Así publicamos sus Seis Querellas de Amor, libro que fue galardonado con el Premio de los Libreros de en la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife de 1996, y que abrió una colección en la que tratábamos de dar cabida a pequeñas joyas de autores isleños reconocidos.

Es un orgullo sincero, a estos diez años de su desaparción, abrir nuestros Archivos con estos poemas de Luis Feria, que, de alguna manera, nos resultan extraordinariamente representivos de las mejores características de su poesía.

SEIS QUERELLAS DE AMOR

Nº 1 de la colección Alameda de La Calle de la Costa, 1996

I

Posada en el camino, medida de mi suerte
Tus pechos son injustos, los amo más que al mar,
Si los busco me inquieren, me infieren, me aseveran,
Me envidian y me urgen, son mi veracidad.
En tus pechos me quedo, no quiero salir nunca,
Cierra, guarda las llaves, dame cautividad.

II

Oigo crecer la selva; eres tú que respiras,
Cuánto sabor a sangre, cicatriz de mi piel,
Nunca tuvo mi vida caminos tan terrestres,
Nunca ha sido la tierra tan cerca como tú.
He elegido el desvelo: qué mejor que tu cuerpo.
Noches de amor, ah, vida, quiéreme como soy.

III

Qué trasvase en tu boca yugular, gozne mío,
Tenaza de mis noches, penúltima ocasión
Al sentir tu saliva las sábanas se anudan
Cuando amo no amo nada más que tu amor.
Si me quitas los ojos miraré con los tuyos,
Sólo soy lo que eres, si tú no estás no estoy.
No aprendas a olvidarme, no hay verdad sin tu cuerpo.
Mayo lleva tu lámpara, todo olor es tu olor.

IV

Cuando duermes me arrojas a las sombras,
Acecho tus pupilas, tengo sed, tengo sed.
Es de noche de día, qué frío hace en agosto,
Tus párpados me dejan sin saber qué mirar.
A las puertas del sol me abandonas y cierras,
No me niegues más veces, vivo y no sé quien soy.
Regazo de mi vida, mi evidencia, mi asombro,
Despierto, que amanezca, no me ensombrezcas más.

V

Pólvora de mis horas, región de la alegría,
me urge tu cercanía, sabemos porque estás,
habítame a menudo si se callan mis huesos;
piénsame, que estoy triste, ayúdame a cantar.
Pues tu vida es la mía crezco dos veces claro;
me enseñas a creer: camino sobre el mar.
Creciente levadura, he quemado mis naves,
sólo amo tu cuerpo, no quiero regresar.
Yerba de sol y viento, estío inacabable,
tu cuerpo con mi cuerpo; no existe otra verdad.

y VI

Más que la tierra, menta perezosa,
siento tu sangre que me suma sangre,
tus párpados cargados de sol y de salitre
donde lo días por vivir se aprestan.
Mi cómplice, bastarda, mi raposa,
merodeo tu sexo, tu lengua de sedal:
sábanas impacientes nos aguardan,
me implican tus axilas donde absorbo el azúcar,
me empozo entres tus muslos de cal depredadora.
No me alejes tu sed, mi dulce y decisiva;
si amar es definir que hablen los cuerpos;
olvidemos ahora conceptos y palabras,
volvamos a empezar: somos dos todavía.