Carlos Bruno: Cuatro poemas de “Recórreme sin pasar dos veces por el mismo sitio”

Los siguientes cuatro poemas están incluidos en una obra permanentemente inconclusa que se llama “Recórreme sin pasar dos veces por el mismo sitio”. Esta obra es lugar donde van a parar mis poemas sueltos. Aquellos que surgen sin el amparo de una casa previa, de un comentario suelto o sobre lo que no viene al caso extenderse. Suelen ser poemas sin parentela que acaban cogiéndose cariño unos a otros. Me gusta sacarlos a pasear y que cuenten sus historias. Quizás sea la suya, la de alguien.
Carlos Bruno Castañeda
*****
Doblo la cintura y me siento.
Llevo ya dos meses, setenta y cuatro días,
en esta habitación de hospital.
La 101, por ejemplo.
El sillón azul ajado es mi segunda vestidura.
Hago la cuenta mental
de las horas que, hoy, estaré en él.
Miro, ahora, ya, junto a mi, a mi hijo
abatido en su enfermedad.
Duerme.
Me tranquilizo y busco
el rectángulo de cielo
que marca la ventana.
Gris sin frío.
Quizás a la noche el frío.
Me resigno y busco
el rectángulo de infierno
que marca el televisor.
Gris sin calor.
Quizás a la noche no más calor.
Nos ajena
todo el exterior a esta habitación.
La 112, por ejemplo.
Observo el gotero en alto:
Gota …
Gota…
Gota…
Sobre la muñeca
vendada
inflamada
de mi hijo dormido.
Clepsidra.
Convertidos en espera.
Cielos e infiernos a este instante,
a esta gota,
son la espera.
La espera es
pequeñas mejorías, pequeñas crisis,
pequeñas mejorías, pequeñas crisis,
pequeñas mejorías, pequeñas crisis…
Me levanto y me vuelvo a sentar
y olvido el gotero de los días
en la enfermedad de mi hijo
en el hospital.
Nuestra casa (afuera)
es, ahora, un montón de bolsas
aguardando en orden
las idas y venidas a esta habitación.
La 123, por ejemplo.
El sillón azul, mi segunda vestidura.
El gotero, mi horizonte.
El alta, el destino errático sobre el que sólo fijo
el reojo de mis tiempos.
*****
La casa en sombras.
En medio del calor.Más pesaba su vientre a cada paso de embarazo.
Preñada.
Arrastraba ya los pies.
Marcaba el ombligo la camisa.
El viento vendaba sus piernas,
como alrededor de mástiles velas hinchadas.El parto se anunciará como el calor en el verano,
tan obvio y tan perentorio como la necesidad.
Sus manos iban reposando sobre respaldos de sillas, poyos y alacenas
para descansar su espalda dolorida.Tanto trabajo bajo boca
seria y sin sonrisa
expresando no tanto tristeza como renuncia
de la preñez la esperanza propia.Nacerá, por tanto, del esfuerzo de la disposición de dejarlo zanjado.
Verá la luz, al fin, con el empeño trazado por la exigencia de ganar
con sudor el pan.
Será parido en el lecho de la paciente carencia de esperanza
de que todo esto mejore algún día,
abandonado el abandono.*****
Vive en el piso que ahorró para su hija.
Para cuando se case y no pase apuros.
Que cuando se empieza cualquier ayuda viene bien.
Y más no tener casa.
En los tiempos que corren.Cría ahora, con su marido, a sus dos nietas.
Que si, mama, que me voy, que tengo que hacer mi vida.
Que contigo y con él estarán mejor.
Que yo en esta vida nueva ya no puedo llevar más carga.
Que yo no puedo estar pendiente de ellas.Que su yerno vive con ellos, en la habitación de coser.
Tengo el turno de noche.
De ella hablo con su madre que me dice cuando llamó.
Que pregunta por las niñas y no me dice qué vida hace.Y tiene ojos de esas abuelas de corazón joven.
¿Qué habré hecho mal?
Y la pequeña que pregunta y se me hace un nudo en la barriga.
La grande no dice nada y yo le vigilo las compañías.
Que con su madre fueron las compañías, seguro.
La pequeña aquí al lado y la grande este año, arriba, al instituto.Y sigue cosiendo como siempre, ahora en el salón, para vivir y ahorrar.
Y son tan guapas las dos.
Míralas en la foto de la escuela con los ojos grandes y alegres
Y el rencor, sin querer, alguna vez me viene.
Pero no puedo dejarme llevar por las ganas.
Sólo por las niñas y el marido que es un alma de dios.Y así, los días: las niñas, los dos hombres en casa, cociendo y aguardando
no sé qué.*****
El perro de peluche dormía
encima de una silla de la cocina
mientras
ella se casaba.Los ojos brillantes como el plástico
asomaban entre los párpados
a medio cerrar.
Todos se habían marchado a la boda.
El moño de la novia resistía el viento,
el calor y las manos
de los invitados y las ventanas
cerradas de la cocina
mantenían al perro alejado
de la sed que rodeaba el día de la boda.Nadie se acordó de bajarlo de la silla
y la novia y el perro
tenían miedo de bajar de donde estaban.
Ella volvería tarde o temprano y
mejor era dormir.La novia volvió preocupada enfadada del olvido
del perro de peluche dormido
encima de la silla de la cocina.
Abrió la puerta y entró con su blanco y su moño.
Se arrodilló al lado de la silla recogió
al perro, al cacharro del agua y al cansancio de la boda
y los dejó en el suelo para que todo volviera
a la normalidad.*****