La última novela de Fetasa. Notas sobre Los ciegos de la media luna, de Rafael Arozarena.

Ernesto Suárez

Los ciegos de la media luna.

Ediciones Idea/La Página.
2008. Tenerife – Islas Canarias.

¿La vida como misterio? Hacer esta pregunta acaso conlleve un error de perspectiva, un problema de orientación nada más comenzar el camino. La cuestión presupone la posibilidad de una vida sin misterio, No, no creo que Rafael Arozarena (Islas Canarias, 1923-2009) llegara nunca a considerar tal principio como opción ontológica, al menos en lo que a su escritura se refiere y una vez se ha leído la que es su postrera novela, Los ciegos de la media luna. En la contraportada del libro se dice que al protagonista, José Torres Missyan, le ha crecido un enigma en su interior. El transitar del personaje por las páginas de la novela no pude comenzar de manera más insólita: escucha por casualidad como dos musulmanes relatan “entre murmullos recelosos” que dos mujeres vestidas de azul bajaron del cielo en la medina de Fez. Sin embargo, ni ese enigma nacido dentro al protagonista ni la sorprendente aparición celestial serán a la postre ejes sustanciales de la narración ¿O sí? En cualquier caso, es este el inicio de una novela excepcional, escrita con la serena autoridad de quien ha ido labrando oficio literario durante más de cinco décadas.

D0B9

La narración de Los ciegos de la media luna se adentra en si misma y quien lee no tiene otra alternativa que no sea la de avanzar como si andara por un bosque o un jardín repleto de claves y signos por descubrir acerca de otro bosque o jardín igualmente oculto al discernimiento. Así, José llega a Fez empujado por aquello que considera una especial misión, aunque de la que nada se dice, y que será pronto arrinconada y olvidada en favor de La Gran Misión, un suceso colectivo que, sin embargo y en un movimiento en espiral de la narración, tendrá que ver con el propio origen del protagonista.

La novela incorpora no ya en la trama sino en su estructura una suerte de juego de continuos misterios y claroscuros que comienzan con el cambio inesperado del nombre del protagonista: “José Torres Missyan cogió el bolso de viaje y se dirigió a la puerta. El recepcionista repasó el libro de registros. Borró el nombre de José y el primer apellido y escribió: Yusuf Missyan. Sonrió leyéndolo y terminó tachándolo todo con una raya roja”. En apariencia nada en esta descripción resulta excepcional, todo es simple y directo. Sin embargo, el hecho es que en los párrafos subsiguientes el narrador empieza a referirse al personaje como Yusuf, desechando el nombre español. En este punto es imposible que el lector no se vea asaltado por una serie de inquietantes dudas: ¿quién decidió por ejemplo cambiar el nombre? ¿Fue el Narrador Omnisciente que maneja y decide sobre los personajes o fue justamente ese personaje menor, el recepcionista (y que no vuelve a aparecer en todo el texto) el hacedor verdadero de toda la historia que se abre ante nosotros? ¿Pudo elegir el Narrador otra opción o algo hizo que el recepcionista actuara a modo de especular Cerbero -o de Pedro, guardián de cierto paraíso-, para dejar salir a José-Yusuf y que éste navegase por el curso arriba de la narración? El hecho es que, a partir de ese instante, el protagonista (y, a través de él, el mismo lector) se convierte en un observador que transitará entre los misterios, incluido el de su propia identidad y presencia en la historia que se narra.

D0C9

En el relato todos los personajes vibran ante nosotros como arquetipos que no somos capaces de identificar, de reconocer, pero que sabemos (por la conmoción que producen en una dimensión profunda de nuestro espíritu.) están actuando como tales. Poco importa, sin embargo, tal incertidumbre. En esta última novela Arozarena ha sabido dinamitar brillantemente ciertas constantes del ejercicio narrativo muy pocas veces cuestionadas con éxito, sin que ello implique que el lector pierda la segura sensación de verosimilitud (y por ende el interés) que lo mantiene asido a aquello que se le está narrando. Ya quedó dicho, José pasa a ser Yusuf, de español a marroquí, y se adentra en el mundo del viejo Fez hasta encontrarse con su primo Alí, vendedor ciego de cuernos en un tenducho de un callejón oscurecido en medio de la medina. Será Alí el ciego quien haga de lazarillo en las sendas de esa otra nueva vida de Yusuf.

Efectivamente cursa Los ciegos de la media luna la narración del cambio vital, espacio común en la novela contemporánea occidental. Ese transito esencial del personaje hacia otra vida, suscitado menos por precarias razones interiores -aunque éstas siempre existan- que por contingencias del azar y lo externo, ha de cambiar radicalmente la identidad de quien lo protagoniza. Sin embargo, en determinado momento de la novela de Rafael Arozarena, si bien Yusuf comienza a vivir la existencia de Ali, hasta llegar a la ceguera misma, éste huye de Fez para existir fuera de esa ciudad la vida abandonada por su primo español. Sucede todo como si José Torres Missyan nunca hubiese traspasado su nombre y aquella puerta de hotel en las primeras páginas del libro. Así, ¿cuál de las dos nuevas vidas posibles es la vida buena y verdadera, la del Yusuf cegado en Fez o la del Ali que abandona para siempre la ciudad y recobra la visión? No hay respuesta posible a lo enigmático parece querer decir el autor. Y si la hubiere, ésta no podría dejar de lado su traza irónica, de descreída aceptación. Cuando ya casi se ha producido la transformación de Yusuf, Arozarena escribe: “Allí era él y nada le pertenecía, lo que significaba que sus pensamientos podían ir de un lado al otro, posando en cada objeto la admiración propia de un ignorante, sin tratar de entender del todo las manifestaciones de la existencia y así crear y recrear el sueño de la vida para gozarla a su manera. ¿Acaso era ésta la fórmula de la felicidad que había encontrado su primo Alí en este mismo, siniestro, nauseabundo y pobre calabozo?”.

Entonces, si no hay asidero en las identidades, ¿lo habrá en las claves del paso del tiempo o acaso en el espacio? De nuevo el texto nos alonga a la incertidumbre, y en esta ciudad aún colonizada por los franceses que llaman Fez se narran sucesos que nunca pudieron producirse con anterioridad a 1956, año de la independencia de Marruecos. Pocos párrafos antes del trascrito, como si quisiera anticipar una respuesta sarcástica a tal cuestión Rafael deja hablar a un tendero que, dirigiéndose al protagonista, exclama” “¡Tú comprar paraguas, paisa! ¡Tú necesitar paraguas! ¡Hoy va a llorar mucho el cielo! ¡Hoy no saldrá el sol! ¡Allá arriba están los caballos negros de los infieles!”. Así, la lluvia, que en otros territorios asociados al desierto sería bienvenida, en esta Fez de Arozarena se convierte en un mal augurio, abriendo paso a la definición, por tanto, de otra realidad.

No, no hay certezas históricas, ni temporales, ni psicológicas. O es que tiempo y ser hayan su sentido último en el fluir, en el cambio mismo. Como el espacio, el tiempo narrado sólo ha de ajustarse al hecho interior de los personajes. Claro que el ser esencial y permanente de esos personajes evidencia en última instancia la realidad de la mutación. Como el misterio de Fetasa.

D0EB

A mediados de los años 50 del siglo XX, Rafael Arozarena establecerá  junto a sus amigos escritores Isaac de Vega, Antonio Bermejo y José  Antonio Padrón, el grupo de Fetasa, término que además empleara Isaac de Vega como título para su novela más reconocida. El por entonces joven De Vega escribe su obra durante la oscura posguerra española. En 1957 el texto se publica dentro del volumen Tres novelas, en referencia a los otros tantos finalistas de un premio local, si bien Fetasa sólo llegara a editarse de manera autónoma muchos años más tarde, en 1973. A partir de ese momento se suceden las reediciones. Aunque se tiende identificar esta novela como el inicio de aquella excéntrica aventura literaria, el propio Arozarena aclararía que la extraña palabra surgió como culminación de uno de los frecuentes debates en los que aquel grupo de amigos se enzarzaba: “Un día, mientras tratábamos de ligar el pensamiento de Pitágoras con el de Kierkegaard, llegó un momento en el que, como en toda filosofía, nos trabamos, llegamos a la cúspide (Dios) y no podíamos seguir, así que dije: ¿Y por qué no? Después de esto está fetasa. Verdaderamente, ni yo mismo sabía lo que era1. Fetasa por tanto como asidero verbal ante lo inefable, palabra que quiso reflejar ya el abismo de la trascendencia humana ya su imposibilidad. Nadie puede dudar que se trata de una ambiciosa, difícil y arriesgada fundación para una propuesta literaria. Pero existe en la obra de Isaac de Vega, de Rafael Arozarena.

Muerto, muerto, ya muerto.
Ya muerto y todavía
alguien, algo me pide
que encienda el corazón.

Es esta la primera estrofa del primer poema del primer libro 2 de Rafael Arozarena, Altos crecen los cardos (1959). Haciéndose eco de las palabras de José Antonio Padrón, Juan José Delgado, uno de sus más cualificados estudiosos, describe la creación de los fetasianos como una escritura que se produce en el filo de la navaja, entre la consideración del peso de la historia y la indagación de lo absoluto: “en el sustancial tema de la existencia humana (…) de manera explícita o subrepticiamente, el marco social determina acciones y comportamientos del personaje fetasiano” 3. ¿Qué otra literatura debía ser escrita a mediados de los años cincuenta desde unas islas olvidadas, en medio del mayor desastre histórico de la España contemporánea, sino aquella que hiciera precisamente realidad verbal, poética y narrativa, de ese hundimiento personal y social, de esa pérdida de toda referencia segura bajo una feroz dictadura?

Ya quedó dicho, la apuesta fue arriesgada. Durante cincuenta años, la escritura de Rafael Arozarena y Isaac De Vega ha sido sin embargo fiel a ese original compromiso existencial y moral, incluso por encima de la previsible invisibilidad editorial y crítica para con su obra. Los ciegos de la media luna es un maravilloso compendio de todo el armazón guardado bajo el signo de Fetasa: quiebra del sentido normalizado del tiempo y del espacio, ironía, tránsito simbólico, rauda imaginación. No obstante, una advertencia. Al finalizar la lectura de esta última novela fetasiana acaso se instale en el ánimo de quien la lea una insidiosa duda: ¿Qué semejanzas hallaba Rafael Arozarena entre nuestro tiempo y aquel en el cual surgiera Fetasa para sentir el deber literario de entregar esta obra final? Repito, duda punzante.

D0DB