Conversación con Antonio Méndez Rubio

Antonio Méndez Rubio es una de las voces más genuinamente originales de la poesía española reciente. Original porque se trata de una poesía de búsqueda, frente a la tradición hispana más centrada en el hallazgo cerrado, tangible y explicable. Y porque no se embarca en esa búsqueda desde el ego-tismo, sino desde el dolor del ansia de la comunicación y de su casi imposibilidad, si no se quiere malear las palabras y, por tanto, volverla falsa, una actitud critica ante la realidad social que sostenida sobre un lenguaje sustentado en falsos sobrenetendidos.. Autor de una extensa obra poética, recientemente agrupada en “Todo en el Aire” (Ed. Regional de Extremadura, 2008) y de una aguda labor crítica, tanto colectiva, formando parte del casi legendario colectivo “Alicia Bajo Cero”, como individual, le asaltamos en una esquina de la ciudad electrónica y le preguntamos:

Tenemos la impresión de que bajo la mayor presencia pública de las tendencias más reconocibles y, aunque a veces enfrentadas, cercanas a lo que podríamos llamar “figuración”, hay una corriente de algún modo escondida en la poesía española, más interesada en tensar la sintaxis y en profundizar en las trampas y tramas subterráneas del lenguaje y la vivencia (representada por autores como Francisco Pino, Diego Jesús Jiménez, Gamoneda) y que es en ese ramal donde puede ubicársete de una manera más coherente, pero… ¿dónde te sitúas a ti mismo en la cartografía de la poesía española vigente?

En efecto, no es tanto una corriente sino, más bien, un espacio abierto, heterogéneo, frágil, que entiende la escritura poética en clave de tensión y de riesgo, y ojalá mi poesía pudiera estar cerca de esa opción. Gamoneda ha sido seguramente (y felizmente) la excepción que confirma la regla, pero las escrituras de Pino, Jiménez o Ullán, entre otros, siguen siendo para mí un punto de referencia vital, son como líneas de color en un océano de grisura. De acuerdo, se podría decir “escondidas” o apenas entrevistas, pero son esas líneas las que uno siente como destellos en la noche, imprescindibles para lograr orientarse, para sobrevivir.

En una lectura general de tus poemas se aprecia cierta resta paulatina de elementos referenciales, figurativos, al tiempo que se quiebra la lógica sintáctica. Parece ser una tendencia “natural” en la exploración poética (Celan, Mark Strand). ¿Ves posible combinar tensión verbal y figuración?

En poesía todo es posible. Ése es el milagro de la aventura poética y también el reto abismal que la vuelve utópica, incluso imposible en el sentido de no poder llegar a afrontar del todo lo que realmente supone ponerse a hablar, o a escribir algo en un espacio infinitivamente vacío. No creo en ninguna receta de antemano, sino en la cocina sin paredes, imprevisible e inagotable de la poesía. Dicho esto, sí me parece que hay un antes y un después de Celan: lo que hay en Celan, como antes en el último Hölderlin, en Dickinson o en Rimbaud, es una rotura del lenguaje (también en el sentido de ser roturado, trabajado en surcos) que se asume como tal, y a la vez se vuelve contra sí misma. Como un cuerpo que se desmembra de forma inevitable en un mundo arrasado, y que al tiempo se esfuerza por rescatar algo de sentido precisamente en esas fracturas, a través de ellas. No creo que esa lección la hayamos aprendido del todo. Quizá no pueda aprenderse de ninguna manera.

La memoria es un elemento (y argumento) común -por compartido- entre las poéticas españolas contemporáneas y actuales. Aparentemente tus textos no reflejan tal interés ¿Tiene esta falta que ver con el cuestionamiento del yo como sujeto poético? ¿Y con la identidad en tanto que fenómeno social?

Me parece que en la poesía española reciente se ha confundido con demasiada frecuencia memoria con nostalgia. Sí creo en la necesidad de salir de la trampa nostálgica, pero no me parece viable salir del todo de la deuda con la memoria. Estoy con Brecht cuando dice que es preferible el mal tiempo presente que el buen tiempo pasado. En este sentido, quizá el Yo se haya enseñoreado de un territorio al que está vinculado pero que lo pertenece: el poema que me ayuda a respirar es aquel que busca traspasar los barrotes del yo, la identidad, la realidad… no digo prescindir (ingenuamente) de todo eso pero sí explorar límites, desbordar recintos y encontrar vías de libertad que tal vez se hayan descuidado o abandonado demasiado pronto. Lo dice de forma muy sencilla y actual el antiguo poema de Po Chu Yi: “No hace falta que yo toque las cuerdas; las roza el viento y suenan solas”. Me interesa recorrer el puente transparente que une lo persona con lo impersonal, lo individual con lo común, aun a riesgo de perderme. Ahí me fío de la sabiduría popular: “para aprender, perder…”.

En el prólogo a “Todo en el aire”, tu poesía reunida hasta 2005, Miguel Casado considera que te has movido hasta ahora en dos enfoques (que no etapas) sucesivos. Recalca la idea de movimiento y de formas de la mirada no contrapuestas. Sin embargo como lectores tuyos nos resulta difícil imaginarte escribiendo de nuevo desde el movimiento asociado a tus primeros libros. Sientes que la operación de sustracción de la realidad (tal y como la describe Miguel) es un camino poético sin vuelta atrás?

No hay regreso. Ya no somos Ulises. No quedan odiseas. Lo único que queda es todo por hacer y todo por decir. Todo en el aire.

Cómo describirías la secuencia de tus libros publicados, si es que consideras que algo parecido a esto existe, claro? ¿Reconoces en tus libros alguna constante?

De verdad que me cuesta lo indecible ver trayectorias o recorridos en lo escrito hasta ahora. ¡Eso ya sería mucho! Sería mucho que se dieran esos recorridos y que tuvieran la suficiente claridad como para ser reconocidos e interpretados. Pero aún me sería más difícil llegar a poder ver. Mi sensación cuando reviso o repaso poemas o poemarios es como si algo me abrasara los ojos, como si algo más fuerte que yo me rechazara de entrada. Así que termino por corregir menos de lo mínimo, incluso por no releer. De alguna manera avanzo (si avanzo) gracias al empeño por olvidar lo ya hecho y por confiar en mirar hacia delante, no hacia atrás ni hacia los lados. Es como si estuviera atravesando un puente demasiado estrecho, y como si cualquier gesto que me apartara de mis pasos me hiciera sentir un vértigo fatal. Sólo puedo decir que esos pasos van en busca de la desnudez, el cuerpo desnudo, las palabras del cuerpo, el cuerpo de las palabras. La frase que más me obsesiona en las últimas semanas es aquella de Beckett a propósito de Proust: el estilo es como un pañuelo alrededor de un cáncer de garganta. O también el apunte intempestivo de un poeta insurgente como Juan Carlos Mestre: la única solución política es desnudarse.

Has insistido de varias maneras (en el título de uno de tus libros, en poemas del inmediatamente posterior, por ejemplo) en la palabra “trasluz” ¿Hay que entenderla asociada a un afán de trascendencia?

Más bien lo asocio a un afán de insuficiencia. No llegar a ver la luz, no llegar a salir a la luz, a conocerla siquiera, como viéndolo o entreviéndolo todo desde un sótano en el que hace frío y por el que poca gente está dispuesta a pasar la madrugada. Como mucho: ir tras una luz sin destino, sin horizonte, sin garantías, que no me llevará a ningún portal de Belén, de la que sólo sé que va con la experiencia de los otros, de las palabras y del silencio que han dejado en mí los otros, incluso los ya no vivos o, como se diría en clave expresionista, los no nacidos. Más que trascender lo que existe necesito probar si lo que existe puede vivirse de otra forma, y por tanto existir de otra manera. Y la poesía me sigue ayudando en eso desde lo imperceptible de tan cotidiano.

Permítenos insistir un poco más. En el poema “Ascua” (del libro Por más señas) escribes: “¿O podremos hallar aquel perdido / trasluz de las palabras inseguras?”. ¿Es optimismo ante la potencia/posibilidad regeneradora de la palabra o justo lo contrario?

Las preguntas, con sus signos de interrogación a la vista, son para mí ya un gesto de insumisión, de no rendición, de no claudicación. Encontrar “las palabras inseguras”, en la línea de la respuesta anterior, no es necesariamente buscar palabras en un más-allá idealizado o sublime sino tantear, a oscuras, hasta dar con al menos un balbuceo, alguna letra, alguna señal que me ayude a dar un nuevo paso. Pero ese tanteo, en el momento de escribir el poema, tiene más que ver con un ritmo, con pasos de baile, que con un proyecto o una proyección autoconsciente. En esto recuerdo un pasaje de El innombrable donde alguien ironiza diciendo: “ahora que ya no tengo preguntas, hago proyectos”. En mi caso apostaría por avivar preguntas para no tener que concebir un proyecto como una renuncia.

Antonio Méndez Rubio, con José Mª Gómez Valero y Miguel Angel García Argüez, de La Palabra Itinerante, foto de Viktor Gómez

¿Te “sientes cómodo” bajo la denominación de poesía crítica?

“Poesía crítica”, por cuanto apela a una experiencia de crisis, a una experiencia en crisis, me parece un indicador necesario y razonable. Al mismo tiempo tiene algo de redundante en la medida en que nada ni nadie está fuera de la crisis del mundo en que vivimos.

Quisiéramos centrarnos ahora en tu faceta de ensayista. Han transcurrido  ya varios años desde que Alicia bajo cero pusiera en evidencia el proceso de naturalización de la poesía de la experiencia como poética (del poder) dominante ¿Crees que tal “estrategia de dominio” sigue vigente? ¿Se han construido otros contrapoderes?

La naturalización de la poesía de la experiencia como poesía (en términos a menudo tan naïf como absolutistas) ha dado lugar a una totalización del espacio poético actual. Dentro de ese momento de absolutización, de generalización de un estilo, incluso los más ruidosos portavoces de ese estilo se vienen haciendo conscientes de la necesidad de abrir o reabrir las compuertas. Mi sensación es que esa apertura puede ser sólo un gesto de falsa pacificación –un poco en la línea de Adorno cuando decía que el pluralismo puede ser una forma de acallar las conciencias. Al mismo tiempo, creo que esa apertura, por mínima que sea, es una ocasión de oro para el abordaje de las impurezas y las intervenciones extraterritoriales. No creo tanto en nuevos contrapoderes, que los habrá, como en la gestación callada, sorda, pero constante e irrenunciable, de un antipoder que no reproduzca los códigos tradicionales del ensimismamiento poético y político.

Te has ocupado de reflexionar sobre las poéticas de los 70 (o del 68). De todas las propuestas singulares que recogiste en tu trabajo ¿cuál de ellas crees que resulta lectura central a la luz (o a la oscuridad) de lo que ha venido después?

No descubro nada si digo que, de las poéticas emergentes entorno a 1968, las que antes fueron desechadas por los adalides del costumbrismo y la normalización son todavía hoy las más receptivas e inquietantes para lecturas nuevas. Pero, más que resaltar algunos nombres propios que por otra parte son ya bastante conocidos, creo oportuno insistir en cómo el contexto conflictivo de finales de los sesenta y principios de los setenta favoreció la irrupción de poéticas autorreflexivas, perforantes y dislocadas en las que todavía podemos encontrar un sentido del salto, de la incertidumbre, de la precariedad, que se ha venido a menos con la llegada de la socialdemocracia de masas y la pax culturalis que está conllevando en todos los órdenes.

Desde este margen atlántico en que vivimos los de esta Casa Transparente se tiene la impresión de que existen tramas territoriales en la poesía española actual más o menos conectadas (Valencia, Andalucía, el Norte leonés y vasco…) aunque cada uno de ellas con cierto grado de delimitación editorial y crítica. ¿Compartes esta visión o andamos nosotros despistados/descentrados?

Siento decir que no la comparto. Existen afinidades personales y poéticas, como en todas partes, pero cada vez tienen menos que ver con ningún sentido de la territorialidad. Puedo confesar que cada vez me siento más lejos de posiciones que ocupan los escaparates, o simplemente se adoptan en la ciudad donde vivo, y más cerca por momentos de propuestas aisladas o exiliadas en otras ciudades, en otros países, o incluso en otros tiempos. Las tramas, si las hay, responden a proximidades dentro del desconcierto y el abandono. Al menos son las únicas tramas que yo defendería y defiendo. Hay otras además, es cierto, más firmes, más programáticas, que incluso se autopresentan a voces como más “radicales”, pero que me parecen cada vez más simples refugios, legítimos, desde luego, pero refugios al fin y al cabo.

¿Qué grado de conocimiento y vínculos crees existen entre la poesía española y la/s del otro lado del idioma español?

Quizá esté mejorando esa comunicación, pero me da la sensación de que el eslogan franquista “Spain is different” seguimos pagándolo con un gesto de autosuficiencia no asumida. Aun así creo que puede estar mejorando la situación, y estoy convencido de que es la hora de dar pasos al frente en todas las direcciones.

Por último, recomiéndanos tres lecturas poéticas recientes, por favor.

Obra entera de Rafael Cadenas, La voz del cuidado de Miguel Suárez, y Deslumbramientos de Martine Broda.

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Fotos gentileza de Viktor Gómez.